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viernes, 23 de mayo de 2014

Saber.

Buenos días, mi amor. Ya no se empezarlos sin decirlo,
aunque nunca lo escuches porque no estás.
Créeme, todavía no he superado las noches que me debes.
Tenía 17 años la primera vez que te prometí la vida.
Y ya han pasado más inviernos de los que pensé
que aguantaría sin acurrucarme en tu espalda.


Hace días que no sé dónde te has metido.
Cogiste la primavera y te la llevaste, dejando Madrid mojado y frío,
y las paradas de autobús se llenan de gente que no sabe
lo guapa que estás cuando abres los ojos y sonríes,
como volviendo a nacer, como volviéndome a hacer.
Y yo, que solo intentaba ver tu espectáculo cada día,
sigo esperando impaciente cada noche, sabiendo que no tengo entrada para ti.


La puerta de emergencia de tu vida se abrió sola y sonaron todas mis alarmas.
Habría empezado a correr si no fuese por esta parálisis
que no me deja separarme de tu lado.
Tengo miedo de quemarme en tu memoria, y no dejar ni una chispa para resurgir.
Mi amor, no quiero quemarme si no es tu lluvia la que me apaga.
No quiero arder si no son tus manos el combustible.
No quiero convertirme en humo y no dejarte señales.
Quizás por eso respiro con filtro y dejo el cenicero lleno
de los besos que dejas en cada colilla.


Ya no se sentarme sin que me tiemblen las piernas.
No sé escribir con la espalda erguida.
Necesito tu peso y tu soplido para enderezarme.
Hay algo de mentira en todo lo que digo.
Probablemente sabría hacerlo sin ti.
Pero la vida que te prometí tendría el mismo sentido
que las palabras que salen sin pasar por los filtros que no me dejan respirar.

¿Sabes? Hay noches en las que te pienso tanto que puedo sentirte a mi lado.
Puedo tocar tu risa y oír cómo las sábanas te acarician cuando te giras para buscarme.
Y no sé nada de tus noches, pero que algún día podré verlas en primera fila.



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